sábado, 29 de enero de 2011

Ruedo

Ruedo
Olía a sangre y polvo. El aire era una combinación de sensaciones, pesaba al respirar como una densa niebla, comprimía como acero fundido. El momento, sin embargo tenía algo de etéreo. Los gritos, las risas, los llantos, se esfumaban en tan solo unos segundos tras una estocada a la majestuosa creatura que recorría el ruedo.
Al pie de la tribuna los estertores de la fiesta taurina ensordecían los débiles llantos de una pequeña niña. ¿Qué podría estar pasando por su mente? Salvajes, podría estar pensando. Muerte. Aquel pensamiento infantil estaría plagado de sufrimiento, de no poder explicarse tales actos de crueldad ante un indefenso animal. Y sus lágrimas caían por él.
El contraste se podría ver en el trajeado señor a su lado, casi seguro podría ser su padre. Empresario seguramente, el Dolce se le desparramaba por aquellas telas. Eufórico, extasiado ante la visión de ver caer a ese animal a manos del torero, sorteando una vez más la muerte con elegantes pasos.
Curiosos espectáculo debería parecerles al juvenil grupo detrás de ellos. Compuesto por el bien conocido grupo de barrio. Toreros en mente, amantes de la fiesta brava e incapaces de entender las lágrimas a sus pies. Risas y burlas ante el desfallecer del toro surgían como cantarinas melodías para el deleite de aquel, el joven que con elegante bolero y flamante sonrisa se alzaba ante la tribuna como un ganador.

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